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¡Lo hace, y de tantas maneras! No puedo hablar por nadie más; sólo por mi experiencia propia. Todo lo que existe tiene su voz. Mirando ahora mismo por mi ventana, veo esta preciosa orquídea florecida color violeta colgando en mi patio. Veo a mi perrita tranquila y atenta mirando alrededor, y veo a mi guacamayo tan hermoso y colorido. Veo el crespúsculo de la tarde, que pronto inicia el desfile para llevar en su carroza de nubes y rocío el brillante despertar hacia otros lugares del planeta. Ahí escucho el susurro solemne de Su Voz diciéndome: “Todo lo hice para tu deleite”.
Dios habla todo el tiempo. A veces en susurro, a veces es un pensamiento firme e inequívoco que te sacude de pies a cabeza. A veces con voz estruendosa, que parece llenar el universo, pero siempre dulce. Y siempre, siempre sabes que es Su Voz. Nunca te queda la duda, y nunca vuelves a ser el mismo.

Su Voz a veces se traduce en sonoros silencios. A veces en lo que alcanzamos a ver; a veces en la sonrisa y la ternura de quien nos ama y nos abraza. En los colores, en los aromas, en el viento danzante, en el silencio apacible, en el brillo intenso que se mete entre las hojas verdes. Puedes escucharlo cuando cae el fuerte aguacero, o la tierna llovizna. En la voz del ser amado, o en la persona que te atiende en algún lugar. Puedes oir su voz en los ojos y la sonrisa de otras almas que se cruzan contigo. Que al mirarte ven en ti ese “no sé qué”, pero que tú sí lo sabes. Es olor a Su Presencia. Son las ondas de Su Voz. Es la atmósfera que portas porque estás envuelto en Su Voz. Dios habla y habla claro. El secreto es éste: sintonía. ¿Está tu oído sintonizado al del Ser Supremo?
Sus ojos recorren toda la tierra; lo ven todo. Cuando le das la rienda total y absoluta de tu vida, Su Voz estará presente, sonante y contundente cada día y cada minuto de tu vida. En todo lo que ves, en todo lo que tocas, en cada lugar que vas, en cada suspiro. Solamente tienes que conectarte a su sintonía de alta frecuencia.

Desde pequeña mi sabio y precioso padre me enseñó a conocer a Dios. Al Dios tierno, dulce, amoroso, perdonador y misericordioso. Al Dios que habla. Al Dios que nos ama de forma incondicional. Al que tiene más anhelo de comunicarse con nosotros del que nosotros podríamos pensar. Eso marcó mi vida de forma irreversible. Desde muy tierna edad comencé a amar LA VOZ del Padre Supremo, de mi cuidador, mi guardador, el Salvador de mi alma, el amigo, el que más nos ama. El que diseñó mi alma y me traspasó sus esencias al darme su soplo de vida.

Aprendí a amar y escuchar esa voz cada día de mi vida; y entonces, como él lo sabe, ve y disfruta toda oportundad de hablarme. Me habla a través de su preciosa Palabra (la Biblia), me habla a través de personas, de profetas, de circunstancias…. Todo me trae Su Voz porque aprendí a ser una oveja guiada, amada, mimada y cuidada por El, mi Padre y mi Pastor.
¡Anhelas escucharle? Sólo tienes que sintonizarte a El. Búscale en la sencilla frecuencia del “tú a tú”. Aprende a acallar las voces externas, a apaciguar la vorágine de tu alma y pensamientos. Aprende a alzar vuelos en el pensamiento hacia ese lugar secreto, donde solamente tú y él pueden encontrarse. Y cuando ya alcances a conectar tus pensamientos a Su Mente y a sus altos pensamientos, podrás escucharle tanto en el silencio, como en medio de la multitud. En el silbido apacible, o en medio de la tormenta. Su voz hace eco en todo el universo.

El habla siempre. Y sabrás que es Su Voz y no otra cuando sientas la serenidad, el gozo y la dulce paz que produce el sonido de su voz. El sonido de su voz es fuerte y tierno, profundo, y marca tu vida con rastros de su esencia y su eternidad.

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